Tercer Premio

El síndrome del mirador de vidrieras

Una mirada a Cuba a través de cuatro preguntas de Max Aub

Por Alberto Méndez Castelló

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Conduje a mis andrajosos

a donde han sido hecho polvos,

destinados a mendigar el resto de sus días

en los extremos de la ciudad.

Shakespeare.

Padre tiene ochenta y nueve años. Nació en 1926, el mismo año que «El Caballo». Con sus pasos de anciano desvalido Padre va mirando vidrieras. Padre ha vivido dictaduras, pero «esta es la peor época de mi vida», dice.

En Cuba se es partidario del comunismo o gusano vende patrias, todo se ve en blanco y negro a partir del primero de enero de 1959, cuando Fidel Castro, enmascarando la dictadura comunista con promesas de democracia, engañó a los cubanos haciendo que dijeran «gracias Fidel», masculla Padre al compás del tac, tac, tac de su bastón:

«Antes del 59 en este pueblo había un solo hospital, pero había dos farmacias con medicinas; hoy hay dos hospitales sin médicos porque están en Venezuela o vaya a saber usted dónde, y cinco farmacias sin medicinas,» rezonga Padre, mientras va, tac, tac, tac.

Padre es agricultor, nunca fue rico, pero tenía la tierra de mi abuelo, su jeep, su tractor, sus caballos y sus vacas; en 1948 enfermó de tuberculosis, un especialista en La Habana le salvó el pulmón. Y siguió trabajando, hasta que perdió la tierra y la luz del sol.

Ahora Padre tiene catarata avanzada; según el oftalmólogo padece el signo del mirador de vidrieras, esto es, camina un tanto, se detiene y husmea; debe operarse, pero también debe esperar por sus lentes; toda una incógnita: en este país, no ya unos lentes intraoculares, sino hasta conseguir unos espejuelos graduados, constituye una odisea que bien puede durar meses.

Para no aburrirse, Padre pasea frente a los únicos comercios medianamente abastecidos que existen en Cuba, donde hay que entrar con pesos convertibles (CUC) o su equivalente en pesos devaluados (CUP), las Tiendas Recaudadoras de Divisas (TRD), inaccesibles para ancianos como Padre.

Pero el viejo no tiene como aburrirse, nunca está solo: sin padecer el signo del mirador de vidrieras, con el salario promedio nacional, poco menos de veinte CUC al mes, que es mucho menos para los jubilados, en Cuba son muchos, quizá ya demasiados, los que deben contentarse mirando anaqueles: sufren el síndrome del mirador de vidrieras, según algunos de los propios contagiados, «por culpa del bloqueo yanqui».

Padre escucha a los improvisados explicadores de las relaciones Cuba-Estados Unidos, expresándose cuales diplomáticos de alto vuelo o politólogos consagrados y sonríe, mueve la cabeza de un lado a otro y golpea el piso con su bastón: tac, tac, tac, se oye frente a la vidriera de la TRD.

Cuba-Estados Unidos: ¿Es posible la convivencia?

Estados Unidos interrumpió las relaciones diplomáticas con Cuba y cerró su Embajada en La Habana el 3 de enero de 1961.

En febrero de 1960, el viceprimer ministro soviético Anastas Mikoyan visitó a Cuba. La URSS concedía al gobierno de Fidel Castro un crédito de 100 millones de dólares y firmaba tratados para la compra de azúcar y venta de petróleo.

El 3 de febrero de 1962, el presidente Kennedy dispuso el embargo al gobierno de Fidel Castro. Y el 22 de octubre del propio año, ordenó el bloqueo naval de Cuba para obligar la retirada de cohetes nucleares soviéticos instalados secretamente en la Isla y apuntando hacia Estados Unidos.

Fidel Castro, que decía luchar por restaurar la democracia y la Constitución de 1940, una de las más progresistas de la época en América Latina, refundó el Partido Comunista de Cuba (PCC) el 3 de octubre de 1965; elegido por sus subordinados Primer Secretario, desempeñó el cargo hasta 2006; gravemente enfermo, su hermano Raúl Castro ocupó su puesto de forma interina. Ratificado por la Asamblea Nacional del Poder Popular el 1ro de agosto de 2009, el general expresó:

«A mí no me eligieron para restaurar el capitalismo en Cuba ni para entregar la Revolución. Fui elegido para defender, mantener y continuar perfeccionando el socialismo, no para destruirlo».

Raúl Castro «solicitó» a los diputados en aquella oportunidad, consultar con su hermano los asuntos fundamentales de la nación y en particular «los de política exterior». Confesaba así, que, en realidad, por la parte cubana no es él quien hoy determina el dialogo con la administración del presidente Obama, sino el octogenario líder histórico de la Revolución, del que cierto sociólogo asegura:

«Mientras Fidel viva, ni su hermano Raúl, ni ningún otro dirigente hará nada que lo contraríe; es más, ya muerto, le pondrán un espejo sobre el rostro para comprobar que cesó su aliento, luego, ya todo es posible».

Hace unas semanas, una veintena de empresarios neoyorkinos, encabezados por Andrew Cuomo, gobernador de ese Estado, sostuvo conversaciones con funcionarios del régimen en La Habana. Entrevistados por los medios, hombres de negocios estadounidenses dijeron que los encuentros con las autoridades cubanas habían sido «fructíferos y provechosos», pero, ¿en realidad pueden existir relaciones fructíferas y provechosas entre un régimen comunista de corte autoritario y una democracia como la de Estados Unidos? Al respecto decía Nikita Khrushchev en los años 50 del pasado siglo:

«En Occidente hablan de que ha habido un cambio después de la conferencia de Ginebra. Se dice que los dirigentes soviéticos sonríen pero que sus actos no están de acuerdo con sus sonrisas. No: las sonrisas son sinceras; queremos vivir en paz. Pero si alguien imagina que nuestras sonrisas significan que hayamos abandonado las enseñanzas de Marx y Lenin, o el camino del comunismo, se equivocan ingenuamente.

«Proclamamos la convivencia, pero buscamos también la expansión del comunismo. Estamos ante la realidad de dos sistemas opuestos. Ustedes los capitalistas sigan su camino, ya que no se dan cuenta de que no lleva a ninguna parte. Si realmente creen que su sistema no está demasiado viejo y podrido, si creen que les es posible sostener la competencia, sigan adelante. Ya veremos quien está en lo cierto».

Huelga decir que los hermanos Fidel y Raúl Castro, siguen a pie juntillas este credo del sucesor de Stalin. Con todo, preguntado el secretario de Estado John Foster Dulles, allá por 1959, si consideraba posible una suavización de las relaciones entre Oriente y Occidente, declaró que la respuesta debían darlo los jefes de la Unión Soviética. Al respecto, Selwyn Lloyd, ministro de Relaciones Exteriores de Gran Bretaña dijo: «Dulles lleva razón. La solución no está en nuestras manos».

Poco más de medio siglo después, una situación parecida se presenta ahora entre Estados Unidos y Cuba.

Declaración de guerra

¿Qué llevó a Cuba, una isla caribeña con tierras fértiles y un clima benigno, a 45 minutos del mercado mundial más concurrido del planeta, donde era bienvenida, a convertirse en líder de la rebelión comunista en América Latina y África, y, de paso, dividir a sus hijos, lanzando miles al exilio, despeñando a otros en luchas intestinas, y empantanando a la nación toda en una crisis socioeconómica, ética y moral que ya abarca más de 50 años?

Un cohete sin estallar marcaría el inicio del genocidio. Genocidio, sí: porque tal es la calificación del exterminio de la vida pública por segregación desde los católicos hasta los testigos de Jehová, desde los demócratas hasta los anarquistas; incluso, mucho antes de que Fidel Castro pronunciara aquella frase, tristemente célebre: «Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho».

La hecatombe haría hacerse cuatro preguntas a Max Aub: «¿A dónde piensan encaminar su caimán verde? ¿A dónde va Fidel? ¿Qué planes tiene? ¿El sacrificio colectivo en pro del internacionalismo?»

A Max, sí, que sabía de campos de concentración y cárceles. A Max Aub, que tanto había tenido que ver con el Guernica de Picasso, que precisamente, no fue crítico enconado de Fidel Castro, pues, con admiración de él dijo:

«Su fuerza reside en su convicción —no histérica como la de Hitler ni histriónica como la de Mussolini, ni la altivez y seguridad en sí de De Gaulle. Stalin era un matrero, callado, desconfiado: Fidel es exactamente lo contrario: tiene confianza en la gente y la inspira, convence. Si le dejan conseguirá hacer trabajar a la mayoría de los cubanos, que tienen la suerte de vivir en una isla feraz donde, en último caso y remedio, podrían hacer fructificar una especie de paraíso terrenal. Incomparable milagro: llevar a los hombres de la hamaca al tajo con la sola fuerza del convencimiento».

Pero hoy, a más de 40 años de esa apreciación de Max Aub, ¿cómo se comporta la realidad cubana?

Cuando un ineficaz cohete aire-tierra Made in USA confirmó la colaboración de Estados Unidos con el dictador Fulgencio Batista, «más que su enemigo su peldaño para ascender al poder absoluto», diría un historiador /Mirta tiene el teléfono, habría que preguntarle,, se «desnudó su vocación de émulo de Simón Bolívar», afirma un sicólogo, del entonces comandante guerrillero Fidel Castro, «quien ahora, valiéndose de su hermano, desde su silla de enfermo trata de dar el tiro de gracia a su eterno enemigo (Estados Unidos), metiéndosele en las entrañas porque tal parece que Barack Obama no acaba de entender con quién se las ve», asegura un conocedor de los hermanos Castro desde la niñez (probablemente no una persona pública).

En fecha tan temprana como el año 1958, cuando el suceso del cohete sin estallar, Fidel Castro escribió a su secretaria Celia Sánchez: «Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande. La guerra que voy a echar contra ellos, (Estados Unidos). Me doy cuenta que ése va a ser mi destino verdadero».

Y en efecto: hace más de 50 años que Cuba viene librando batallas por los senderos del mundo. Comenzó su quijotismo el propio año 1959 por República Dominicana, y, pasando por Centro y Sudamérica, los hijos de Cuba, campesinos, obreros, intelectuales, soldados todos, fueron con la adarga al brazo hasta la frontera de Sudáfrica.

Ahora los fusiles no truenan. La URSS murió: la correlación de fuerza es distinta. Pero la guerra continúa. Ahora los soldados cubanos en lugar de fusiles llevan libros, batas blancas, o pelotas de béisbol por pueblos y selvas de América y de África.

Ya en Cuba no hay centros de entrenamiento para la guerrilla. Ahora hay escuelas latinoamericanas. En la de Medicina estudian miles de jóvenes de Latinoamérica, África y los Estados Unidos, y, según Fidel Castro al fundarla, más que el aporte de un número de médicos, lo importante que debe aportar la Escuela Latinoamericana de Medicina, ubicada al Oeste de La Habana, es el ejemplo de lo que debe y puede ser un médico educado en principios humanitarios. ¿Quiso decir socialistas,… comunistas? Incuestionablemente, tal es la tarea del ejército de médicos-soldados: de raíz política, aunque se enmascare de humanista. «Ya ni médicos tenemos», es la comidilla en no pocos hospitales cubanos.

Imposible: ¿palabra inexistente en política?

El 21 de diciembre de 1967, preguntado por Herbert Matthews acerca del posible mejoramiento de las relaciones de Cuba con los Estados Unidos, Fidel Castro contestó: «Imposible».

¿Terquedad? Es posible, según su finado amigo y colaborador Gabriel García Márquez, a Fidel Castro ni en la pesca le gusta perder; quizás por ese rasgo de personalidad, cuando el Comandante dijo a Matthews, «imposible», con esa afirmación rotunda, confirmaba su vocación de guerrero internacional, no sólo develada en la carta a su secretaria, sino también esclarecida por el cacique Raifford, de la tribu Pájaros Blancos, cuando, premonitoriamente, en 1959 lo bautizó como Spiheechi Meeko, que en lengua creeks quiere decir Gran Jefe Guerrero.

Al día siguiente, a propósito de la declaración de Fidel Castro al periodista de The New York Times que lo hiciera famoso internacionalmente antes de haber librado ninguna batalla de importancia, Max Aub, de visita en la Isla, escribió en Enero en Cuba: «Curiosidad por ver si parte de esto es verdad. Imposible. Única palabra inexistente en la política, según es sabido».

47 años después, primero las conversaciones secretas Barack Obama – Raúl Castro y luego, el encuentro de ambos en la Cumbre de las Américas en Panamá, han justificado la expectación del autor de Jusep Torres Campalans.

Cabría preguntarse, si por la parte cubana, tales encuentros llevan la impronta del carácter de Fidel Castro, signadas hasta en su predilecciones literarias, que un día le han hecho decir Hemingway, y otro, Cervantes; forma de ser que aplicada a su régimen, han llevado a los cubanos desde enfrascarse en cosechas azucareras imposibles, a guerras fratricidas, o inútiles campañas cafetaleras.

Un escritor cubano contaba a un colega su asombro ante el descubrimiento de la contradicción flagrante diciendo:

«Tengo dificultades con mi vocabulario».

Ante la incredulidad de su interlocutor —el autor de marras es autor de cuatro novelas, un poemario y una colección de ensayos—, el escritor corroboró:

«Sí, estoy atascado con dos palabras de uso corriente, yo pensaba que favorito y predilecto eran sinónimos, pero dice el comandante Fidel Castro que su escritor favorito es Hemingway y que Cervantes es su escritor predilecto».

Resulta que, cuando para su libro Hemingway en Cuba, Norberto Fuentes entrevistó a Fidel Castro, el Comandante aseguró que Hemingway era su autor favorito; pero poco después, para el libro Un grano de maíz, Tomás Borges entrevistó al Comandante, quien le aseguró que su escritor predilecto era Cervantes; y cuando Borges precisó: «Lo dijo sin vacilar», Fidel Castro aseguró: «No tengo ninguna duda,» y como en 17 páginas argumentó por qué Cervantes era su autor predilecto, pero en ninguna mencionó que Hemingway era su autor favorito, ni recordó Fiesta, Adiós a las armas, Por quién doblan las campanas, ni Las nieves del Kilimanjaro o El viejo y el mar, con sus mensajes didácticos y morales, en otra ocasión mencionados encomiásticamente.

«¿Qué piensas?», preguntó el escritor a su amigo: «será que mi vocabulario está atascado o que Fidel Castro tiene dificultades para emplear las palabras favorito y predilecto; o será que algunos políticos no debían utilizar las palabras verdad, favorito y predilecto, pues a la postre, la verdad, sus predilecciones y sus favoritos pueden resultarle lo que la fama a una estrella del rock ‘n roll; y ya Nik Cohn lo dijo de Elvis Presley: «un cuento de lo que le pasa a los niños sexy cuando los meten en la máquina de hacer salchichas».

Preguntado Raúl Castro por la agencia AP el sábado 19 de enero de 2002, en Guantánamo, acerca de su previsión de las relaciones Cuba-Estados Unidos, el general contestó: «Esa pregunta, bueno, que se la hagan a Fidel, porque es el que dirige la política exterior». Reiterada la pregunta por AP: «¿Usted qué piensa?», Raúl Castro contestó: «Que las relaciones entre Estados Unidos y Cuba son impredecibles».

No le falta razón al General, en tanto quien antes dirigía y hoy «aconseja» la política exterior de Cuba un día dice Cervantes y otro Hemingway.

Nuestra casa o la del vecino

Por estos días que tan en boga está el restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos se imponen algunas interrogantes: ¿No debíamos antes de todo restaurar la convivencia entre los cubanos? ¿No debíamos despojarnos de toda manifestación de intolerancia? ¿No debíamos utilizar la palabra para crear en lugar de emplearla en la fractura?

Según el periodista John E. Gibson, que hace tiempo publicó en This Week el resultado de investigaciones dirigidas a descubrir los factores que ayudan al hombre a triunfar en la vida, el empobrecimiento del léxico rebasa las fronteras culturales del bien decir.

Lo que a menudo impide que el hombre se distinga en su trabajo es la pereza; afortunadamente, algunos investigadores del Instituto Tecnológico de Illinois encontraron un medio seguro para identificar ese factor.

Los investigadores clarificaron que si toda persona poseyendo un buen vocabulario, al mismo tiempo presenta una hoja de servicio pobre en realizaciones, da una indicación positiva de pereza. «Un buen vocabulario indica que se está dotado de ciertas cualidades de inteligencia y aptitud, y, quien no adelante provisto de tan fina herramienta, simplemente no se aplica con diligencia», concluyó el estudio.

Pero, más pobre, tanto en realizaciones materiales como espirituales, no puede estar hoy el pueblo cubano. Para su época, no sufrieron tal mendicidad ni nuestros aborígenes.

Según Peter Marcy, que observó en la extinta Unión Soviética el vía crucis que hoy transitamos los cubanos, «la cuestión es qué importa más, si la abundancia de comida o la fraseología ideológica explicativa de una política fracasada».

Pero la cuestión no es tan sencilla como la ve este hombre de negocios norteamericano.

«Si Cuba adquiere capacidad de pago, mediante créditos o ingresos por significativos incrementos del turismo, los rancheros y granjeros estadounidenses pueden suministrar a la Isla todos los alimentos que ésta necesita en cuestión de semanas.

«Pero con esto no estarían resueltos todos los problemas que no sólo son de comida. Comer está bien. Los animales comen y mantienen un comportamiento congruente con su especie. Pero la conducta de demasiados cubanos hoy, no guarda relación ni con su Historia ni con su raza, entiéndase nación.

«56 años de consignas, arengas y adoctrinamiento comunista los apartó del sendero cívico y no creo que de buenas a primeras, por mucha carne de Tejas o quesos de Minnesota que consuman, harán de los cubanos de hoy los ciudadanos que fueron nuestros mayores», aseguró un sociólogo (lo mismo, persona no pública) entrevistado para este reportaje.

Duele. Pero es cierto: como alimentos con el tiempo vencido cada vez se deterioran más las mejores costumbres y el idioma en Cuba.

«La letra de no pocas canciones es chabacana, ya no es frecuente escuchar poesía en la música; en la radio y en la televisión uno escucha barbaridades, y algún que otro año, el Premio Nacional de Literatura debió quedar desierto», aseguró un empresario de turismo, en dificultades para satisfacer a visitantes no contentos sólo con playas, sol, charangas y mojitos.

No parece andar desencaminado el empresario. A juicio de la doctora Luisa Campuzano, profesora de la Universidad de La Habana, voz prestigiosa en la enseñanza de la lengua española, el lenguaje en Cuba se ha vulgarizado de una manera atroz, y es una perdida que le parece más grave que los problemas de pronunciación o de otro tipo. «Es un empobrecimiento tremendo del léxico, rebajarlo de una manera soez, vergonzosa en muchos casos», dice.

En fecha tan distante como 1968, ya cierto escritor (lo mismo, te diría de que valoremos dejarlo así, sin los nombres, porque lo más probable es que sea un escrito municipal) se había percatado del problema idiomático en Cuba, negándose a aplaudir, nada menos, que un informe tan encumbrado como el del Congreso Cultural de La Habana, donde se reiteraba 16 veces la palabra «masiva.»

Si existe una relación directa entre el decir y el obrar como hace años demostraron en el Instituto Tecnológico de Illinois, ¿de dónde viene la pereza en los cubanos?

La respuesta nos la dio de forma lapidaria un obrero del central «Antonio Guiteras», el mayor productor de azúcar del país: «A mi hacen como que me pagan y yo hago como que trabajo».

Cultura y sociedad

Si entendemos el saber cual cultura, cual ciencia, debemos reconocer que en Cuba la delincuencia, como grupo social, posee erudición notable.

Tal parece que emplean arte gitano, premonición nigromántica; lo cierto es que en una sociedad como la cubana —un estado policíaco miles de personas se vigilan unas a otras—, los forajidos se las agencian para desaparecer desde unos pocos kilogramos de cocaína, hasta un vagón cisterna de ferrocarril con miles de litros de petróleo.

En Cuba un delincuente puede ser un chico marginal, pero también un muy circunspecto funcionario estatal, con autos, secretarias y la aureola que le confiere ser militante del Partido Comunista.

¿Qué los hace invulnerables tanto a unos como a otros? «La propia sociedad», me diría alguien con suficiente experiencia en las Ciencias Penales y la Antropología Criminal.

«En Cuba existe una cultura del delito que la gente no ve como tal. Incontables prácticas delictivas las ha validado la costumbre, están dadas por condiciones socioeconómicas, y sólo es posible eliminarlas conjurando las causas que las originan; pretender eliminar el delito con sanciones penales es como arar en el mar,» confirmó el especialista.

Un ganadero experimentado (persona no pública), quien ha perdido miles de pesos a manos de los cuatreros confesó: «el Estado está en un error, el cuchillo del criador no merma el rebaño, lo incrementa; lo que es un desastre para el vaquero es el comprador estatal con sus precios bajos y el cuchillo del matarife clandestino. El Estado es el principal culpable de los robos de ganado en Cuba.

No anda desatinado el vaquero. Las férreas disposiciones para el manejo de la ganadería en Cuba no son alicientes para incrementar el rebaño. En Cuba, si no se es turista extranjero, se posee dólares o se es dirigente gubernamental de cierto rango, no hay forma de comerse un bistec si no se acude al matarife clandestino. Aunque las sanciones por matar vacas y caballos son similares a las que se aplica al que mata a una persona, el sacrificio ilegal de ganado prosigue, los cuatreros se arriesgan, no están dispuestos a perder un mercado de por lo menos diez millones de habitantes que son clientes potenciales.

La muerte de un caballo, no el magnicidio del hombre-caballo

Doce de la noche.

El viento frío sopla del este. El vaquero duerme exhausto. Fue, como todos los días, una pedestre jornada de vacadas y potreros. Los ronquidos estentóreos del vaquero se escuchan lejos. Junto a su cabaña, atado a una cadena de acero, la otra mitad del centauro mastica las brazadas de heno, que, inobjetables, constituyen su ración nocturna. Es un cuarto de milla alazán, todo nervio y músculos, que a la inusitada cifra de veinticinco mil pesos, absorbieron los ahorros de una vida de esfuerzos del hombre por hacer realidad sus sueños.

El vaquero no tiene equipos electrodomésticos en su rancho, pero ¿tiene? su caballo.

Dos figuras hacen la noche cómplice. Cuando se acercan al rancho, escuchan los ronquidos del vaquero. Sonríen. Las figuras negras están junto al caballo, que impasible, engulle el pasto de estrella curado con el sol de primavera. Una de las figuras levanta la cadena, la otra empuña la cizalla. Un leve chasquido, y la seguridad del acero ya no lo es . Las figuras se alejan, se alejan.

Al amanecer, en una arboleda cercana, el vaquero llora ante los huesos repelados   de su caballo.

En la ciudad, los dos cuatreros, carniceros sin establecimiento fijo, abultan sus bolsillos. Son gente inescrupulosa, de antiguo oficio. Han concluido su faena nocturnal. En decenas de cocinas se aliña carne de caballo; manos ansiosas esparcen ajo y cebolla, comino, sal y pimienta. No importa que la carnicería estatal sea un establecimiento vacío, de donde hasta las moscas ya emigraron. No importa: Deo gratis, hay de todo en la viña del Señor. Ladrones pequeños, como consecuencia de otros desastres.

¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?

El 16 de febrero de 1968, Max Aub apuntó en su diario que la gran revolución de Fidel Castro era haber convertido la revolución en la agriculturización del país, que nos dejaran, que llegaríamos cerca del paraíso perdido cantando milongas, de hecho, nos han dejado: aunque nuestros campos labrantíos están cubiertos de malezas espinosas, hemos sembrado revoluciones desde el Caribe hasta África, pero el paraíso ya lo dijo Max Aub: está perdido.

¿A dónde va Fidel?, preguntó Max Aub, aunque ahora, con más propiedad, la pregunta es otra: ¿A dónde va Raúl Castro guiado por su hermano Fidel? Esperemos. Todo es posible. Ya lo dijo el señor Aub: «imposible es la única palabra inexistente en la política». Aunque Fidel Castro dijera a Herbert Matthews que, el mejoramiento de las relaciones con los Estados Unidos era imposible, también un día dijo Hemingway, y otro, Cervantes. Quizás este año celebremos en Cuba el Día de la Independencia de los Estados Unidos con todos los honores y un embajador flamante.

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